Trilogía Cuaresmal II: El ayuno
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Ofrezcamos un sacrificio al Señor
La segunda práctica tradicional de la Cuaresma es el ayuno. En nuestra sociedad con claros acentos materialistas, consumistas y hedonistas hablar del ayuno cada vez suena más a algo del pasado.
Sin embargo, es muy importante que rescatemos este concepto espiritual, porque es muy útil para que se produzca el cambio de mente y corazón que todos necesitamos llamado conversión. En la tradición de la Iglesia el ayuno consiste en hacer una sola comida normal al día, ingiriendo en las otras algo muy leve. Algunos también practican el ayuno a pan y agua. Sin embargo, siempre debe privar la ley de la caridad y del sentido común. Demos un ejemplo. Resulta que una persona diabética decide, sin consultar con su director espiritual, hacer un ayuno a pan y agua durante tres días. Resultado: al segundo día le da un coma diabético, se coloca al borde de la muerte y pone en vilo a toda su familia. A este ayuno le ha faltado al sentido común –un diabético no debe hacer ayuno de este tipo-; este ayuno también ha faltado a la caridad, ya que ha dado un tremendo susto a familiares y amigos, causando, además, un gasto de tiempo y dinero innecesario a la familia.
El ayuno consiste de manera general en privarnos de algo que realmente disfrutamos mucho, y ofrendarlo a Dios como expresión de la toma de conciencia de nuestro destino final: la Vida Eterna. Estamos solamente de paso en la tierra. Nuestra patria definitiva es el Cielo. Todos somos “extranjeros” con “visado” del planeta tierra y “pasaporte” del Cielo. El ayuno nos recuerda nuestro destino final y el medio fundamental para llegar a esa patria definitiva: la conversión o, lo que es lo mismo, vivir en el Amor de Dios reflejado en una vida que encarna los diez mandamientos.
Es muy importante consultar al director espiritual sobre el ayuno que voy a practicar esta cuaresma –aún está a tiempo, querido lector, estamos en la segunda semana-, para asegurarnos que Dios quiere ese ayuno. No nos vaya a caer la advertencia del Evangelio “Misericordia quiero, no sacrificios” (Mt 9, 13) ya que, como hemos venido insistiendo desde el principio de la Cuaresma, la Verdadera conversión debe traducirse en un corazón lleno de Amor a Dios y al prójimo con hechos objetivos. Porque si nos privamos del “chocolate” u otro dulce apetecible, pero estamos comiendo toneladas de resentimientos, lujuria, murmuraciones… estaremos perdiendo nuestro tiempo.
A algunas personas su director espiritual le puede sugerir, además del ayuno material de la comida, que también se prive de ese pecado principal en su vida: la murmuración, la mentira, la pereza, el orgullo, la arrogancia, etc. De hecho a San Marcelino Champagnat, fundador de los Hermanos Maristas, le gustaba enseñar a los hermanos: ayunar de la lengua, ayunar de miradas, ayunar de defectos de carácter, no hacer ayunar al alma dejándola sin oración y, claro está, también ayunar de lo material: que hoy en día no solamente se refiere al alimento: podemos ayunar también de series de TV, ayunar del iPod, ayunar de Facebook y afines, ayunar de los videojuegos, ayunar de tiempo de uso de computadora, etc. etc.
El ayuno debe ser personalizado, porque a alguien que ama comer pescado qué sacrificio le implica privarse de la carne. También se puede ayunar de algunas distracciones lícitas –como ir al cine o cenar afuera- y lo que se gastaría en ello donarlo a una obra de caridad, dándole así un sentido social al sacrificio cuaresmal.
Finalicemos citando las palabras de Jesús en el Evangelio “Cuando ayunen, no pongan cara triste como hacen los hipócritas, que desfiguran sus rostros para mostrar que están ayunando. Les aseguro que éstos ya han obtenido toda su recompensa. Pero tú, cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara para que no sea evidente ante los demás que estás ayunando, sino sólo ante tu Padre, que está en lo secreto; y tu Padre, que ve lo que se hace en secreto, te recompensará”.(Mt 6,16-18) Por lo tanto, el ayuno es un asunto solamente entre Dios y nosotros y que no tenemos que andar publicando en ningún lado para evitar la vanidad, que a aunque en materia espiritual, sigue siendo vanidad, hija de la soberbia espiritual. Cuanto más discreto sea nuestro ayuno, mucho más efectivo para vivir el Amor y preparar nuestro corazón para la Celebración de la Resurrección de Jesús.
Fr. Victor Salomón, a member of the Diocesan Laborer Priests, is the Director of Hispanic Outreach for Priests for Life. He resides in Washington, DC.
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