Islamismo y populismo en Europa


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Por Carlos López Díaz.

En Europa no es fácil que se comprenda el movimiento del Tea Party, dado el sesgo izquierdista con que la mayoría de medios de comunicación (incluso, a menudo, los de línea teóricamente derechista) tratan las noticias procedentes de Estados Unidos. Pero hay una razón más profunda para esta incomprensión. En el Viejo Continente no existe un dinamismo comparable de la sociedad civil. El ciudadano europeo, en lugar de tomar la iniciativa y organizarse por su cuenta, en general se conforma con estudiar la oferta de siglas políticas, confiando en encontrar la que mejor se adapte a sus ideas.

En la práctica, esto supone que los europeos, para defender determinadas causas, se vean impelidos a adquirir unos determinados paquetes completos, que pueden incluir propuestas y actitudes que no necesariamente comparte, o incluso le repugnen. Un ejemplo lo tenemos en algunos partidos que están surgiendo para hacer frente a la amenaza que supone la alianza entre lo políticamente correcto y el integrismo islámico.

Así, en Holanda, el PVV (Partido de la Libertad) de Geert Wilders basa su crítica al islam en los principios del liberalismo clásico, y promueve sin ambigüedades la alianza con los Estados Unidos y la defensa del Estado de Israel. Pero otras formaciones europeas cargan contra la inmigración desde un discurso populista y nacionalista, al tiempo que prometen más paternalismo estatal y condenan la globalización “neoliberal”, como les gusta llamarla.

El caso fácilmente reconocible es el FN de Le Pen en Francia, pero existen otros partidos más nuevos a los que conviene situar en sus verdaderas coordenadas ideológicas. Un caso digno de estudio, aunque su alcance por el momento sea sólo regional, es la Plataforma por Cataluña (PxC), cuyo líder, Josep Anglada, procede del fascismo neofranquista, lo cual no obsta para que haya sabido construir un discurso que superficialmente podría confundirse con el de Wilders.

En su libro Sin velo y sin mordaza, Anglada hábilmente utiliza ideas de Hayek, cita con soltura a otros pensadores del liberalismo clásico y propugna la reducción de los impuestos y el gasto público. Una música, debe reconocerse, que suena bastante bien. Sin embargo, si consultamos el programa de su web, en el apartado dedicado a economía, nos encontramos con la típica diatriba contra el mercado que caracteriza la retórica tanto del socialismo como del fascismo.

Incluso si el libro citado, publicado este mismo año, fuera la última palabra del autor en materia doctrinal, no faltan en sus páginas ciertas señales que podrían interpretarse como discretos guiños hacia quienes están en el secreto de las verdaderos principios que inspiran a la PxC. Me refiero, entre otras, a las numerosas referencias a un autor como Alain de Benoist, ideólogo de la criptofascista Nouvelle Droite, antiamericano visceral y enemigo confeso del judaísmo y del cristianismo.

No deja de ser irónico que De Benoist haya sido entrevistado con frecuencia por Radio Teherán, al igual que muchos activistas neonazis, que han encontrado en Irán un verdadero “refugio estratégico”, como nos desvela Víctor Farías en la obra Heidegger y su herencia. Como es sabido, la conexión entre nazismo e islamismo tiene su origen en el propio régimen hitleriano, que llegó a contar con el apoyo de fuerzas musulmanas durante la Segunda Guerra Mundial.

No se trata de que exista un peligro serio en Europa de renacimiento del viejo fascismo. Como observó Oriana Fallaci, hoy el fascismo se llama islamismo. Hoy, como en los años treinta, están en juego los principios de nuestra civilización: la libertad individual, la igualdad ante la ley y el Estado de Derecho. Y existe una manera muy concreta y casi infalible de comprobar el grado de sinceridad en la defensa de dichos principios desde Europa. Basta con pulsar la actitud frente a los Estados Unidos e Israel, las dos naciones más odiadas por la mayoría de izquierdistas y por todos los fascistas e islamistas. Por algo será.

Carlos López Díaz es analista político y autor del blog Archipiélago Duda.

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