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Ricardo Gullón, hispanista y americanista

Un recuerdo en el vigésimo aniversario de su muerte.

Por Manuel Pastor. Ann Marie Brown, en su bibliografía Ricardo Gullón (1908-1991) in memoriam (Melilla, 1992), registra al menos cuarenta trabajos publicados de Gullón sobre Unamuno, a los que habría que añadir, que ahora yo recuerde, el ensayo “San Manuel y Don Sandalio” en su libro póstumo La novela española contemporánea. Ensayos críticos (Madrid, 1994). Pues bien, en ninguno de esos trabajos, y específicamente en ninguno sobre la famosa última novela del escritor vasco, San Manuel Bueno, mártir (1930), menciona el curioso dato que la ciudad episcopal y catedralicia de ficción en el relato, “Renada”, sea un trasunto literario de Astorga (algunos autores piensan equivocadamente que es Salamanca), ya que el pueblo en la región de Sanabria –con el lago y la montaña- en donde era cura “San Manuel” históricamente ha pertenecido siempre a la diócesis de Astorga, provincia de León, precisamente la ciudad natal de Gullón. Y debo añadir que también fue la ciudad de mi infancia, porque, aunque nací en una casa en las cercanías, en el monte de Castrillo de las Piedras (la Casa del Monte del poeta Leopoldo Panero), en Astorga vivían mis padres y allí sigue estando nuestro último hogar con el recuerdo de ellos.

Evoco esta curiosidad porque precisamente en estas vacaciones navideñas estoy releyendo algunos textos de Gullón para una investigación sobre Unamuno, concretamente su libro temprano Autobiografías de Unamuno (Madrid, 1964), y su librito casi último La juventud de Leopoldo Panero (Madrid, 1985), y éste me remite obligadamente al recuerdo de nuestro común paisanaje astorgano, en este 2011 en que se cumplieron ya veinte años de su ausencia.

Conocí a Ricardo Gullón en el otoño de 1973 en Madison, Wisconsin, donde yo disfrutaba una beca de investigación, tutelado por el gran historiador e hispanista Stanley G. Payne. Gullón acababa de dejar Texas y enseñaba en Chicago, desde donde acudió al campus de Madison para participar en un homenaje al poeta Jorge Guillén, que en persona y con envidiable vitalidad estuvo presente en el acto. Cuando Gullón supo que yo era de Astorga, y que conocía a parte su familia (los Novo, los Alonso; Germán, su hijo, y Emilio Alonso, sobrino suyo y amigo mío, que normalmente pasaban los veranos en la ciudad maragata), inmediatamente mostró un gran interés, que se acrecentó cuando averiguó que también conocía a la familia de Leopoldo Panero (especialmente a su hijo Michi, y a través de mi madre a la esposa del poeta, Felicidad Blanch) y además era colaborador de los profesores Enrique Tierno Galván y Raúl Morodo, a quienes Gullón había tratado en Puerto Rico. Nuestro flechazo fue mutuo e instantáneo: desde ese momento, pese a la diferencia de edad, fuimos amigos hasta su muerte en 1991.

Durante el party en la casa de Antonio Sánchez-Barbudo en Madison, aquella noche otoñal de 1973, Gullón me hizo una confidencia que era imposible olvidar: Leopoldo Panero había sido marxista, probablemente militante comunista, y por tal motivo fue detenido en Astorga y encarcelado en León en Octubre de 1936, a punto de ser ejecutado, pero gracias a una intervención personal de Unamuno ante Franco salvó la vida y fue puesto en libertad.

Creo que nuestra relación se consolidó durante los veranos sucesivos 1980-83 en la Universidad Internacional Menéndez y Pelayo de Santander, donde yo trabajaba como Secretario General adjunto al Rector Morodo y Gullón era invitado permanente a dirigir cursos o dar conferencias. De hecho tuve el honor –por ausencia del Rector- de imponerle la medalla de oro de Universidad, algo que le emocionó mucho, porque según me dijo era la primera distinción oficial que se le hacía en España desde la Guerra Civil. Recuerdo la comida íntima que tuvimos con tal motivo en un restaurante del Sardinero y lo a gusto que estaba entre personas jóvenes, ya que nos acompañaban los colaboradores del Rector y ex alumnos míos Antonio García Vega, Enrique Montoya y Juan Cruz Correas (para él éramos “Antoñín”, “Quique”, “Currito” y “Manolín”).

Entoncces Gullón era ya una celebridad en el mundo de la literatura y del hispanismo, tanto en España como en Estados Unidos, donde había profesado durante muchos años (en Puerto Rico, New York, Texas, California, Colorado, Iowa, etc., con visitas a Middlebury College y finalmente establecido en la Universidad de Chicago). Ann Marie Brown y Javier Huerta Calvo, entre otros, han dejado registrada una obra de Gullón publicada considerable: cerca de cuarenta libros y bastante más de un millar de capítulos, artículos, ensayos y prólogos, a lo que hay que añadir otras dos obras póstumas: un diccionario de literatura española e hispanoamericana, y la colección de ensayos sobre la novela española contemporánea antes mencionada. Sus estudios sobre Galdós, Unamuno, Machado y Juan Ramón Jiménez, así como sobre el Modernismo, son ya de referencia obligada, aparte de sus innovadoras tesis sobre teoría literaria.

Tras los precedentes de José Luis Cano, Barbara Bockus Aponte, Aurelio Cantalapiedra, Pablo Beltrán de Heredia, Luis González del Valle, Joaquín Soler Serrano y Antonio Campoamor, otro casi astorgano, Javier Huerta Calvo, últimamente ha congregado a algunos de los mejores y jóvenes conocedores de la obra de Gullón (Darío Villanueva, Pilar Celma, Javier Blasco, José María Balcells, Carlos Javier García, José Ramón González, Epicteto Díaz, Cristina Martínez Carazo, Emilio Peral, Ann Marie Bronw, etc.) en su libro colectivo Ricardo Gullón: crítica literaria y modernidad en la España del siglo XX (Madrid, 2010).

La autora antes mencionada ha resaltado además la vocación norteamericana (aparte de la hispanoamericana) de Gullón y su interés por la literatura y la política en los Estados Unidos, con casi un centenar de artículos publicados sobre W. Faulkner, H. James, E. Pound, T. S. Eliot, H. Melville, S. Lewis, E. Hemingway, T. Capote, y muchos otros autores y temas. Los últimos que publicó fueron precisamente “Lyndon Johnson en Texas” (El Sol, 22 de Agosto de 1990), “Una aventura intelectual: traductores de Faulkner” (ABC, 12 de Febrero de 1991), y “Henry James y sus traductores” (Rey Lagarto, III/9, 1991).

En mi caso puedo asegurar que él influyó decisivamente en mi interés por la historia y la política norteamericanas, y en que me especializara como profesor americanista, ya que en una de nuestras conversaciones en Santander en 1980 me comentó lo insólito y grave que significaba el déficit en España de los estudios sobre aquella importantísima nación. De hecho, la tradición americanista en España, desde Alvar Núñez Cabeza de Vaca hasta Juan Valera (éste en particular llegó a proponer la necesidad del género americanista en España) había sido muy larga y muy notable, pero desde el 98 casi se había extinguido por obra de un absurdo arielismo o prejuicio cultural anti-americano.

La última vez que vi a Ricardo Gullón fue el día de la ceremonia de su ingreso en la Real Academia Española el 22 de Octubre de 1990. Poco después, un frío 11 de Febrero de 1991 fallecía en Madrid y al día siguiente, un día todavía más frío, era enterrado en el cementerio de Astorga.