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Hacia una Historia de las relaciones hispano-norteamericanas

Hubo momentos brillantes en nuestra larga historia de las relaciones hispano-norteamericanas, durante el imperio español desde aproximadamente 1500 hasta 1898.

Por Manuel Pastor. Después de cuatro años de desencuentros y profunda crisis con la administración Bush, y tres más completamente anodinos con la de Obama (balance de la presidencia de Zapatero), una vez más nuestra clase política, con una visión provinciana y eurocéntrica un poco autista, ha desaprovechado la oportunidad de fortalecer las relaciones entre España y los Estados Unidos. El nuevo presidente Rajoy ha minusvalorado a diplomáticos experimentados como el embajador Javier Rupérez, gran conocedor de las relaciones trans-atlánticas y del complejo sistema político del hegemon en nuestro mundo occidental, y ha designado para dirigir nuestra política exterior a un experto en temas fiscales y monetarios europeos (La clave está en Europa es el título de un libro suyo). No minusvaloro yo los méritos indudables del designado, solo cuestiono la falta de perspectiva internacional y estratégica del nuevo jefe de gobierno, y que en su discurso de investidura como en otras cuestiones acuciantes no ha sido capaz de definir (quizás excesivamente influenciado por personas en su entorno que extrañamente han admitido su fascisnación con Obama, pese a la deriva post-americana y filosocialista, por no decir incompetente, de su presidencia: Moragas, Gallardón, Pons, Areiza, etc.). Convendría aclarar la noción de que la política intra-europea no es propiamente política exterior sino burocrático-económico-financiera, pero éste es hoy un debate inútil para la mayoría de nuestros autistas o indocumentados dirigentes y analistas políticos.

Hubo momentos brillantes en nuestra larga historia de las relaciones hispano-norteamericanas, durante el imperio español desde aproximadamente 1500 hasta 1898, en que ilustres navegantes, exploradores y colonizadores españoles descubrieron, describieron y cartografiaron el Norte del inmenso continente americano, desde Juan de la Cosa, Alonso Alvarez Pineda, Diego Ribero, Juan Ponce de León, Juan Rodríguez Cabrillo, Hernando de Soto y un larguísimo etcétera. Incluso el género literario del americanismo fue practicado por una numerosa lista de cronistas y ensayistas desde Alvar Núñez Cabeza de Vaca hasta Juan Valera, éste como ministro plenipotenciario en Washington DC ya en vísperas del 98 (como ejemplo, y solo para California, citemos a Cabrillo, Ferrelo, Venegas, Junípero Serra, Gaspar de Portolá, Pedro Fages, Francisco Palau y Mariano Guadalupe Vallejo).

No se puede olvidar el significado que tuvo el apoyo a la Independencia de los Estados Unidos por parte de la Corona española de Carlos III y la labor discreta pero efectiva de su primer ministro, el Conde de Floridablanca, aparte del más entusiasta Conde de Aranda, propiciando las gestas militares de Bernardo de Gálvez y el período todavía de medio siglo de presencia española en los inmensos territorios del Sur y al Oeste del río Mississippi.

Desde la segunda mitad del siglo XIX, algunos –no muchos- autores españoles han venido publicando ensayos monográficos sobre Estados Unidos de un valor desigual: J. Ferrer Couto (1859), V. Almirall (1884),
G. de Azcárate (1892), R. Altamira (1916), Azorín (1918), L. Araquistain (1921, 1928), C. Barcia Trelles (1925, 1926), J. Marías (1956, 1968). Posteriormente, con pocas excepciones- especialmente J. M. Marco (2007) y M. Alonso (2008)- predominará la literatura periodística y marcadamente anti-americana.

En la historia reciente, dos momentos importantes y diferentes de la estrecha relación entre ambos países fueron la segunda mitad, desarrollista y modernizadora, de la dictadura de Franco (durante la Guerra Fría), y ya en la democracia el gobierno del presidente Aznar durante 1996-2004 (en la Post-Guerra Fría). Existe una importante literatura historiográfica sobre el primer período histórico (especialmente por parte americana, en la que también abundan las obras sobre todo el proceso histórico desde el Descubrimiento), y sobre el segundo momento naturalmente me vienen a la mente las obras recientes y de consulta obligada del embajador Rupérez, El espejismo multilateral (2009) y Memoria de Washington (2011). Pero, a mi juicio, todavía está por escribirse la historia sistemática y definitiva de esta larga relación, particularnmente desde la perspectiva española.

Dos importantes tesis universitarias publicadas en España marcan sin duda el camino. Una ya lejana y probablemente susceptible de cierta revisión, pero todavía valiosa y admirable, la de Juan Francisco Yela Utrilla, España ante la Independencia de los Estados Unidos (2 vols., Lérida, 1925). Otra muy reciente, sólida y ejemplarmente documentada, la de José Antonio Montero Jiménez, El despertar de la gran potencia. Las relaciones entre España y los Estados Unidos, 1898 -1930 (Biblioteca Nueva, Madrid, 2011). Paralelamente a ellas, otras obras como las de Manuel Conrotte (1920), Luis de Izaga (1929), Camilo Barcia Trelles (1930), Miguel Gómez Campillo (1946), José Navarro y Fernando Solano (1949), E. Chamorro-I. Fontes (1976), Carlos M. Fernández-Shaw (1987, 1992), Angel Viñas (1981, 2003), Lorenzo Delgado et alii (1991), Rafael Sánchez Mantero et alii (1994), J. M. Allendesalazar (1996), etc., constituyen un importante acervo y punto de partida para la necesaria empresa que proponemos a los jóvenes investigadores y doctorandos en Historia y Relaciones Internacionales.

Hay un riesgo evidente, del que muchos autores entre los citados no se han librado enteramente, que es un cierto sesgo anti-americanista, que los españoles venimos arrastrando desde el 98, a veces disfrazado con un sutil arielismo o prejuicio cultural, en unos casos típico del elitismo eurocentrista y en otros debidos a resabios ideológicos izquierdistas. En la obra reciente de Montero Jiménez, por ejemplo, sin dejar de valorar sus méritos, se perciben ciertas influencias (Araquistáin, Preston, Viñas,…) que le restan objetividad. En otros momentos la exposición parece que se sustenta más bien en un énfasis de la perspectiva norteamericana –lo cual es comprensible por la abundancia de fuentes de aquél país que utiliza- pero que se interpreta en apoyo de una visión, en mi opinión, preconcebida de las motivaciones presuntamente “imperialistas” de los Estados Unidos a veces un poco exagerada.

Debo señalar que me extraña la ausencia en este trabajo de una referencia o un epígrafe, más que un capítulo, sobre la Conferencia de Algeciras de 1906, iniciativa de la administración de Theodore Roosevelt y su secretario de Estado Elihu Root para arbitrar una solución pacífica al problema de Marruecos, que venía causando tensiones y crisis recurrentes entre las potencias europeas, y que en cierto modo fue también un gesto de reconciliación y compensación hacia los intereses de España después de las pérdidas del 98.

Volviendo a lo que decía al inicio, el estudio y la reflexión histórica sobre la importancia de las relaciones entre España y los Estados Unidos quizás ayuden a paliar el desconocimiento, con una información objetiva y realista, superando las anteojeras ideológicas y las huecas retóricas hispanoamericanistas, y contribuyan a resolver el grave déficit que nuestros políticos padecen en esta materia.