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El neoconservadurismo, según un “neocon” español

La esencia del neoconservadurismo, a mi juicio, está en el rescate de la dimensión moral que Irving Kristol, inspirado por su maestro Leo Strauss, plantea en relación a las tradiciones del capitalismo (“a system of natural liberty”, “skill, dexterity, and judgement …of labour”) de Adam Smith y del liberalismo conservador de Edmund Burke.

Por Manuel Pastor. Desde el año 2000 aproximadamente, coincidiendo con la polémica pero legítima victoria de George W. Bush en las elecciones presidenciales norteamericanas, parafraseando a dos célebres agitadores políticos, podemos decir que un fantasma recorre el mundo: el fantasma del neoconservadurismo. Todas las fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma: las derechas y las izquierdas, los anti-semitas y los anti-americanos. Y el resultado está a la vista: la universal paranoia anti-neocon.

Definitivamente: si el neoconservadurismo es lo que repele al ex-presidente Zapatero, José Blanco, Leire Pajín, y un largo etcétera de socialistas y progres en España, asi como a personajes del tipo Alberto Ruíz Gallardón, José María Lassalle, Antonio Garrigues Walker, Darío Valcárcel o Pedro J. Ramírez, e incluso a jóvenes aprendices de “libertarismo frailuno” como Albert Esplugas (del Instituto Juan de Mariana), agrupados todos en esta internacional paranoica del anti-neoconservadurismo, yo me declaro con mucho gusto “neocon”. Un “neocon” español, celtibérico, católico, feo y sentimental, y aunque es posible que en mi árbol genealógico tenga (lo cual me haría gran ilusión) ancestros con sangre judía, no creo que se me pueda acusar de pertenecer a la cábala o conspiración sionista internacional. Soy, por tanto, un modesto “neocon” español, a secas.

De hecho soy uno de los responsables –si no el primero (hay ensayos publicadas en los años setenta y primeros ochenta de Manuel Fraga Iribarne, Amando de Miguel y José María Carrascal que aluden a la cuestión)- de introducir el tema y el debate sobre el neoconservadurismo en España, a comienzos de los años ochenta, primero en mis clases universitarias de Ideologías Políticas y después en algunos escritos (véanse mis artículos ¨Notas sobre el neoconservurismo en USA”, Sistema, 43-44, Madrid, Septiembre 1981, y “La persuasión neoconservadora en EEUU”, El País, Madrid, 13 de Enero de 1985), justamente cuando me encontraba en mi propio proceso de liberación ideológica personal del socialismo, en el que había militado desde mis juveniles años universitarios en torno al mítico 68.

Mis admirados amigos José María Marco, Manuel Coma, Florentino

Portero, Rafael Bardají e Ignacio Cosidó (los dos últimos, creo, fueron alumnos míos en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense) han escrito páginas muy precisas e inteligentes sobre el neoconservadurismo norteamericano, su influencia en España y sobre todo han aplicado con brillantez el enfoque neoconservador a los problemas políticos nacionales e internacionales de hoy, inspirándose principalmente en la segunda generación neoconservadora, la de William Kristol, Robert Kagan, etc., en torno a la revista Weekly Standard. En mi caso, como reflejaba en mis artículos, me inspiré en la primera generación, la de los intelectuales judíos -entonces residentes en Manhattan- Irving Kristol y Gertrude Himmerfalb, Norman Podhoretz, Daniel Bell, S. M. Lipset, Nathan Glazer, etc. con los diversos colaboradores, sociólogos y politólogos, no solo judíos sino también cristianos (Daniel Patrick Moynihan, Samuel P. Huntington, James Q. Wilson, Jeane Kirkpatrick, etc.) en torno a las revistas Commentary, The Public Interest, y más tarde The National Interest, y asimismo debo mencionar otros brillantes intelectuales independientes, como el entonces prestigioso psiquiatra y hoy fino analista político -también judío- Charles Krauthammer, e incluso en dos precursores muy anteriores, de un neoconservadurismo “gentil” en los inicios de la Guerra Fría: el pensador y estratega político de National Review, el ex trotskista converso al catolicismo James Burnham, y el poeta e historiador Peter Viereck, al parecer el primero en usar, paralelamente a Gertrude Himmelfarb, la expresión New Conservatism en sendos escritos del mismo año (P. Viereck, Conservatism Revisited and the New Conservatism, The Free Press, New York, 1950; y G. Himmelfarb, “The Phrophets of the New Conservatism”, Commentary, 9, New York, 1950).

La esencia del neoconservadurismo, a mi juicio, está en el rescate de la dimensión moral que Irving Kristol, inspirado por su maestro Leo Strauss, plantea en relación a las tradiciones del capitalismo (“a system of natural liberty”, “skill, dexterity, and judgement …of labour”) de Adam Smith y del liberalismo conservador de Edmund Burke. Para Smith estaba claro que la economía política que él fundó era una rama (“a branch of the science of a statesman”) de la filosofía política y moral, y Kristol restaura esta perspectiva que había sido progresivamente abandonada por las escuelas libertarias y nihilistas modernas (nietzscheanos, “objetivistas”, “behavioristas”, etc.), apoyándose en interpretaciones radicales de algunos economistas de las escuelas austríaca y de Chicago. Kristol reconoció los enormes méritos en la teoría económica de Hayek y Friedman (en Two Cheers for Capitalism, New York, 1978 –ojo: Kristol concede dos brindis, pero no tres- y en Neoconservatism: the Autobiography of an Idea, New York, 1995) advirtiendo, no obstante, que la “auto-realización” libertaria puede llevar a la “auto-destrucción” nihilista, que la refutación de Marx no significaba eficacia frente a Sade o Nietzsche.

Y esto conecta con algo que se pondrá de manifiesto a partir de un año crítico para la historia cultural norteamericana y de Occidente. En 1973 se producían en Estados Unidos dos graves decisiones con efectos letales que provocarían una profunda reacción contra-contra-cultural que está también en la base del neoconservadurismo hoy: la resolución de la Corte Suprema Roe vs. Wade que legalizaba el aborto, y la polémica decisión de la American Psychiatric Association, secuestrada por activistas gay, redefiniendo la homosexualidad como una variante normal de la sexualidad humana. Como analizó el entonces psiquiatra Charles Krauthammer, no solo la conducta desviada se normalizaba, sino que la conducta normal se convertía eventualmente en desviada, “machista” y “homofóbica”. Los movimientos radicales feminista y gay conseguían así las máximas victorias en sus agendas al sustituir el debate sobre la conducta por el de la “identidad” y la “auto-realización”.

Junto a estos problemas, las repuestas racionales al “síndrome post-Vietnam”, al expansionismo imperialista soviético, a las disfunciones o perversiones del Estado de Bienestar, y a las incongruencias de la Contracultura y la Nueva Izquierda, convertirán al movimiento neoconservador, convergente con la escuela straussiana académica (Leo Strauss, Harry V. Jaffa, Harvey Mansfield, etc.), con el conservadurismo tradicional norteamericano representado por W. F. Buckley Jr. y National Review, y más tarde con el grupo “teocon” liderado por Richard J. Neuhaus en torno a First Things, en el fenómeno político, intelectual, y filosófico moral más brillante, eficaz y trascendente del siglo XX y lo que llevamos del XXI. Su primer éxito tangible será la elección y reelección de Reagan en 1980 y 1984, y su contribución a la victoria en la Guerra Fría (III Guerra Mundial, según James Burnham) con la derrota definitiva de la Unión Soviética y sus satélites. Su reto estratégico actual es enfrentarse con éxito al nuevo totalitarismo islámico-terrorista (IV Guerra Mundial, según Norman Podhoretz), proporcionar soluciones prácticas y viables a la crisis financiera internacional, y continuar las guerras culturales contra las diversas manifestaciones del multiculturalismo y del nihilismo. Un reto global, en el que el ejemplo de Irving Kristol (1920-2009) ha sido y debe seguir siendo una inspiración para los auténticos liberal-conservadores de todo el mundo, incluídos naturalmente los españoles.