En el aniversario de la Primavera Negra
El reloj avanza despacio cuando hablamos de Cuba. El único logro de la dictadura castrista ha sido conseguir ralentizar el tiempo. Sus ciudades parecen congeladas cincuenta años atrás, y sólo la decadencia de la arquitectura parece advertir al visitante de esta anomalía. Ni la educación, ni la sanidad, ni los servicios públicos han experimentado el más mínimo avance, sino que han retrocedido significativamente. La democracia es un término borrado de los diccionarios, y la libertad hace tiempo que no visita la isla. Los hermanos Castro han tratado de abotargar a los cubanos para que piensen despacio. En muchos casos lo ha conseguido, pero no en todos.
Se cumplen ahora ocho años de la Primavera Negra de Cuba. Ocho años que han pasado muy rápido fuera de la isla y muy despacio dentro. Corría el año 2003 cuando el castrismo decidió aplicar su maquinaria represiva contra 75 valientes que trataban de promover un futuro democrático para su país. De nada valieron las denuncias de los gobiernos democráticos de medio mundo, las organizaciones defensoras de los derechos humanos y de referentes morales como Juan Pablo II. Los disidentes fueron condenados en juicios sin garantías a condenas que oscilaban entre ocho y veintiséis años de cárcel, por el simple hecho de reclamar un futuro en libertad. Las indignas condiciones de su cautiverio, en privación de luz natural, atención médica y aislamiento de otras personas, están bien recogidas en numerosos medios informativos.
Aún quedan en prisión varios de aquellos valientes. Gracias a la mediación de la iglesia católica, la dictadura ha excarcelado y condenado al exilio a la mayor parte de ellos. Lo que ha motivado estas excarcelaciones no es la compasión ni el arrepentimiento por la injusticia cometida. Ha sido el interés, por una parte, de acabar con la posición común de la UE para reabrir el flujo de ayudas económicas desde Europa, y por otra, el de arrastrar fuera de la isla a los familiares de los presos, y muy especialmente a unas Damas de Blanco que se habían convertido en un germen de sociedad civil difícil de contrarrestar por su gran eco en el ámbito internacional.

